lunes, 26 de diciembre de 2011

Lectura


Abrí los ojos. La luz del foco se había quedado prendida y verla me lastimó. No estaba dormida, simplemente me apeteció cerrar los ojos mientras yo estaba recargada en la silla con la cabeza colgando del respaldo.
Al incorporarme lentamente me dolió el cuello y la espalda. La música le daba un aspecto extraño a mi ambiente, al ambiente de mi cuarto que en esos momentos era mi mundo. La casa estaba sola y era de noche.  Miré por la ventana y vi a la gata dormir plácidamente en la camita del perro, junto a él.
Había estado leyendo desde las 4 y no noté que ya había oscurecido. Es raro. Parece como si anocheciera de un momento a otro. Si leo no puedo hacer otra cosa más que leer, me enfrasco en otro mundo en donde lo único que puede entrar es la música. Y a veces el frío, entonces me levanto y me pongo un suéter de manera automática. Ni siquiera siento el pasar de las hojas, como cuando no siente el pasar de los cuadros de una película. 
Y si algo me distrae simplemente cierro los ojos. Como esperando que la tensión fruto de tal divertimiento se desvanezca.  Después abro los ojos, después de leer el mundo los lastima. 
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